Hasta que te conocí

Gabriel Mejía Abad
Cali, feb. - mar. 2019

Dignos y viejos

My telephone never rings
She’d never call me
I hate myself today
But I can see through this bitterness and sadness
And so I won’t die
Someday I think I’ll be dignified and old.
The Modern Lovers. Dignified and Old

Conocí a Gabriel Mejía hace 18 años. Eso quiere decir que, si nuestra amistad fuera un hijo, ya sería mayor de edad. De Gabriel fui profesor, compañero de fiestas, de proyectos, de fundar espacios artísticos, de tocar en bandas de rock bastante desiguales y, en general, de hacer estupideces que terminaron siendo importantes en la vida cuando se miran retrospectivamente. Con Gabriel hemos caminado –si es que la locomoción en ese “estado de alicoramiento”, como dice la gente a la que le da pena decir “caído de la perra”, puede ser llamada “caminar”– de noche por calles poco recomendables del centro de Bogotá, cargando fajos de billetes con los que, habiendo podido decidir quedarnos a dormir en un hotel de lujo, terminamos compartiendo una cama en un motel de malísima muerte, de paredes mohosas, de corazones escritos a cuchillo, de pelos, no cabellos, en la almohada sucia y de manchas brillantes en la pared verde que solo podían ser de semen, todo esto justo en frente de la universidad en la que él estudiaba y yo era profesor. Hemos caminado a través de muchas historias, y si bien otras, entre cientos, podrían ser más amables, esta ocupa un lugar especial en mi memoria porque me hace pensar que, al juntarnos, Gabriel y yo, fuimos jóvenes.

No jóvenes como el hijo millennial que habría salido de nuestra amistad, y que hoy sería sensible, correcto y guerrero de causas nobles. No. Digo jóvenes como un par de hijueputicas que se sentían el centro de un mundo que fueron construyendo a su medida y que hoy, de alguna manera, es parte del relato oficial de la escena artística en Bogotá. Digo jóvenes en el sentido en que nada importaba, en que estábamos dichosos de la fiesta, de la destrucción de todo y, sobre todo, de cada oportunidad de autosabotaje que se nos ponía por delante.

Cuando uno escribe un texto de esta naturaleza sobre alguien, sobre el pasado con alguien, sobre el pasado pasado, pasadísimo, con alguien, es porque uno está viejo.

Ahora Gabriel sufre de la espalda, se ha ido volviendo una especie de ermitaño que encuentra en su casa el paraíso cuando la industria del espectáculo, en la que ha trabajado por años en cosas como ser actor de propagandas, modelo de vallas y de empaques de productos, productor, director de arte y protagonista de largometrajes nacionales, lo deja. El Gabriel de hoy sufre porque le salió papada, porque le aquejan el lumbago, la depresión o la ansiedad, así como a mí me flagelan males insospechados hace años y vergonzosos hoy, a pesar de que mis 50 están a la vuelta del quinquenio y puedo decir cómodamente que ya estoy viejo, que ya estamos viejos. El Gabriel de hoy hace pilates, se emborracha muchísimo menos, lleva una vida que intenta hacer plácida y en la que el amor, hacer canciones, escribir y entregarse a la vida en pareja lo ayudan a no hundirse, así como a mí las matas de mi casa, mis animales, y el repetirme que el amor está sobrevalorado y que se puede vivir tranquilamente en la soledad, me dan fuerza para no tirarme por la ventana al final de cada día.

En un momento de la vida cambiamos al jíbaro por el farmaceuta. Yo, tomando medicinas biológicas carísimas y él, automedicándose con fluoxetina, tramadol y pregabalina, fármacos que, para decirlo sin ambigüedades, parecen ayudar, pero enganchan y pueden matar más que una sobredosis de perico o un chute mal calculado. Viéndolo de esa manera, me gustaría pensar que en la ruleta rusa de la autoprescripción hay una huella de esa adrenalina de la juventud, una voluntad de afirmarse en la irrelevancia de la preservación y, por qué no, un deseo de innovar en la culinaria de la dependencia.

Las piezas que Gabriel Mejía presenta en esta exposición, funcionan a manera de monolitos parlantes, de alarmas y de campanas de iglesia que traen la enfermedad y el remedio bien empaquetados, que nos recuerdan que ya no somos jóvenes, que Juan Gabriel es mejor que la mejor de las nuevas banditas juveniles, que la tristeza y el desengaño prevalecen ante toda posibilidad de perreo y que no es la enfermedad, sino la manera en la que nos resistimos a ella, cantándole con dulzura a lo más doloroso de la vida, lo que nos permite seguir, dignos y viejos.

Víctor Albarracín Llanos

Créditos

Exposición
Hasta que te conocí

Fechas
Febrero 7 – Marzo 22, 2019

Lugar
(bis) | oficina de proyectos
Calle 23 Norte 6AN-17, oficina 412
Cali, Colombia

Escritor
Victor Albarracín Llanos

Agradecimientos
John Garzón