Trombo

Adrián Gaitán
Cali, mar. - abr. 2016

El fantasma

Esoterismo

Janet Moses, una joven maorí, murió como consecuencia de un exorcismo realizado por sus familiares quienes pensaban, según sus creencias ancestrales, que la había invadido un demonio. Todo comenzó cuando sus primos se robaron la estatua de un león de un hotel de lujo de la ciudad. Janet soñó con tres garras y el médico brujo de la familia dijo que debían devolver la escultura a su lugar de origen porque ese león había sido compañero del otro león que adornaba el hotel por más de cien años. La familia, en una ceremonia muy sentida devolvió la estatua a su lugar de origen, sin embargo Janet continuó en un estado que desde la cultura occidental se podría definir como maniaco, y al tratar de traerla de nuevo a la normalidad a través de un baño larguísimo con agua helada, Janet Moses resultó muerta. La investigación hecha por la policía y los jueces blancos, racionales y occidentales reveló que el dueño del hotel había comprado las estatuas nuevas hacía apenas quince días antes del robo y las había bañado con yogurt para que parecieran antiguas.

 

Fantasmas

Cada objeto lleva dentro de sí su propia ruina, su propia putrefacción, la cultura también; la diferencia es que los objetos se permiten morir en paz, mientras que la cultura sigue emitiendo patéticos pataleos, se sigue aferrando como sea posible a la vida, a la redistribución de significados, al vudú para crear zombis estilísticos; en últimas espectros que nos acompañan en nuestras, a más no poder, estetizadas vidas.

Un amigo me decía que la diferencia entre el campo y la ciudad está en que en el campo un pantalón es un pantalón, en la ciudad un pantalón es una marca, y ¿qué es una marca sino un sello?, un “aprobado” cultural para que un pedazo de tela manufacturado por algún esclavo moreno en algún lugar olvidado del mundo pueda circular por nuestra cultura blanca occidental. Es como si los objetos quisieran morir, ahogarse en su propia naturaleza, podrirse, deshacerse al fin, pero la cultura los sigue reteniendo en un sinfín de nuevos bautizos, condecoraciones, sellos, paz y salvos.

Vivimos entre fantasmas, impresiones quiméricas y fantasías.

 

Trombo

La muestra de Adrián Gaitán es un compendio de estas nuevas resignificaciones culturales, de estos nuevos bautizos. Nos presenta, a partir de diferentes mecanismos, formas en los que la cultura se devela y manifiesta sus ansias de vida eterna. Por un lado está el factor de la clase social. Objetos en cierta forma venidos a menos por el paso del tiempo o por los cambios en los gustos de los consumidores, las facilidades en la producción o los cambios geo-políticos, son de nuevo puestos en un contexto en el que de nuevo empiezan a decir. Tal vez estuvieron enterrados durante un buen tiempo en un cementerio, sacados de alguna construcción con ínfulas europeas, riquezas de otros tiempos que siguen pudriéndose pero ahora en un espacio pulcro. Vienen de la conciencia de clase porque en últimas sea quien sea que los haya recogido y guardado o apilado, sabía muy bien que en algún punto alguien los iba a querer de nuevo.

Por otro lado Adrián pone en comunicación estos objetos, los conecta y los pone a hablar. Nos hace conscientes de su materialidad y de su capacidad para ser re-inventados y puestos en circulación. Estos “aparatos” sin un sentido práctico claro, parecen llevar siempre a otro lugar. Las rejillas de la ventilación, por ejemplo, conectan con un espacio alterno, las tazas de café, unidas por una cuerda gruesa, casi industrial, nos recuerdan los “teléfonos” que hacen los niños para hablar a la distancia y los lavamanos sirven como cajas acústicas de gramófonos que amplifican una cierta decadencia de otra época y otra clase social. Hay en todo esto un rasgo propio de la híper racionalidad del ready-made pero también con la capacidad transgresora de la magia, del vudú, ese continuo re-nombrar de los objetos que los hechiza y los convierte en otra cosa. El ciervo de metal que gracias a la sal con que lo bañó Adrián continúa con su desaparición, con su oxidación es un objeto hasta cierto punto hechizado, rezado, vuelto a la vida por la conciencia de clase, por lo vintage, por la historia del arte, por la incapacidad de la cultura a permitirle simplemente desaparecer. Como el yogurt en las estatuas que robaron los primos de Janet Moses funciona como un bálsamo de lo antiguo, de la comunicación con algo, con algo otro, con la nada.

 

Gabriel Mejía Abad

Publicaciones

· Hossein Amirsadeghi, Catherine Petitgas. 2016. Contemporary Art Colombia. Thame & Hudson: Londres. ISBN: 978-0500970768

Créditos

Exposición
Trombo

Fechas
Marzo 4 – Abril 1, 2016

Lugar
(bis) | oficina de proyectos
Calle 23 Norte 6AN-17, oficina 412
Cali, Colombia

Artista
Adrián Gaitán

Agradecimientos
Herlyng Ferla
Juliana Vélez