Jaime Gili | Derechos

 


Intemperie

A veces quisiera poder ir más allá, ver qué hay del otro lado. Pero la barricada, lejos de ser una barrera plana, como uno podría creer a primera vista, es en realidad un habitáculo múltiple. Desde luego, se trata de una superficie, un muro que se alza ante la vista como un obstáculo infranqueable, que ni siquiera se puede rodear. Pero tiene una particularidad y es que uno puede penetrar en esa superficie. Nosotros vivimos adentro. Es más, si nos atrevemos a postular la existencia de un grupo, de una colectividad; en pocas palabras, si existe un nosotros, ello se debe exclusivamente a la forma de la barricada. Fuera de ella estaríamos disgregados, cada uno a lo suyo, incapaces de conformar ninguna identidad común. La barricada nos contiene y lo que se produce entre ella y nosotros es un intercambio de sentido. No sé en qué momento empezó esta vida. A mí me parece que llevo desde siempre aquí adentro, sirviendo y cumpliendo con mi deber. Estoy satisfecho de poder estar aquí, del lado correcto, no puedo quejarme. Me va bien. Cada familia tiene asignada una sección de la barricada que incluye un sirviente. La familia a la que sirvo está compuesta por un padre, una madre, dos hijos y un abuelo. Asimismo, la barricada cumple en el espacio público una indiscutible función ornamental. Embellece el entorno, le otorga carácter. A veces, cuando regreso de buscar provisiones, cargando las bolsas del supermercado, me asombra redescubrir lo hermoso que es todo: la aglomeración de materia, las masas de color vibrando en el aire de la plaza, el aura contestataria, como de cosa improvisada y salvaje, que adquiere el conjunto bajo los rayos del sol de la mañana. El abuelo de la familia a la que debo servir me dijo que eso se llamaba Síndrome de Stendhal, lo de sentir que uno es capaz de morir de tanta belleza. Y ten en cuenta, comenta el padre, que esto es solo una pequeña porción del mundo tal y como lo conocíamos antes de la catástrofe. El abuelo me pide que no lo olvide: nuestra barricada es el último reducto de la belleza y la civilización. A veces quisiera poder ir más allá cuando vuelvo del supermercado, adentrarme en esas calles donde, según dicen, se persigue con saña cualquier signo del pasado, cualquier rasgo distintivo de la belleza caduca. Pero no lo puedo negar, hay días en que atravesaría la línea imaginaria que nos separa de ese mundo de barbarie. Hay días en que, gustosamente, me expondría al contacto con esa pobre gente que no puede y no sabe disfrutar de la belleza. Para qué, dirán. No sé, quizás para llevarles algo de instrucción, para contarles cómo vivimos adentro de la barricada, cómo hemos organizado nuestro mundo ahí adentro para conservar lo que ellos destruyen con su mera existencia, sin ningún esfuerzo, casi con desdén. Sin embargo, sé que se trata de una fantasía que nunca voy a cumplir. Las tareas de servidumbre ocupan todo mi tiempo y energía. Los dos hijos y el abuelo demandan atención constante, mimos, cuidados. Por otro lado, la madre y sus eternas sesiones de maquillaje y peluquería constituyen otro de los tantos sacrificios que nuestra microsociedad está dispuesta a hacer en nombre de la belleza. En las noches se encienden hogueras y se habla de las obras de arte desaparecidas tras el cataclismo, también se recitan chistes sacados de los estupendos programas de humor de la televisión nacional que ya no volverán a transmitirse nunca. Y así vamos pasando los meses, los años, bajo el rigor de todos los climas. Testigos de los cambios en el aspecto exterior de nuestro pequeño mundo, envejecemos. Cuidando, eso sí, de nuestro bellísimo y pequeño territorio, pintado y despintado por la intemperie.

Juan Cárdenas


DERECHOS o la larga historia del formato largo

Sin hablar aún de las barricadas que las soportan, que tienen una historia aparte, debemos decir que el tipo de formato alargado como el trabajado en parte de estos “Derechos” es en Venezuela una referencia clara a una famosa serie de pinturas en laca sobre madera del artista Alejandro Otero, realizada entre los años 50 y 70 del Siglo XX. Tituladas “Coloritmos” esa serie marca un momento muy específico de la historia del arte venezolano en el que varios artistas como él volvieron al país desde Europa, en su caso desde Francia, y ayudaron a solidificar la modernidad Caraqueña al menos en su aspecto formal.

Con la intención parcial de avanzar en la investigación iniciada por Otero en esa serie, en 1998 en una exposición colectiva en el Bolívar Hall de Londres instalé unas piezas pintadas con un gran triángulo rojo sobre blanco, dirigidas en vertical hacia el alto techo de la sala de exhibiciones y conciertos, casi tocando unas placas acústicas de otro de los maestros de la modernidad venezolana, Carlos Cruz Diez. Esas placas acústicas, amarillas y azules, colocadas en un espacio que es en parte consular, imaginé desde el inicio que eran una condescendiente manera del artista de colocar los colores de la bandera sin llegar a completarla, para beneplácito de los funcionarios públicos. Esa falta del color rojo que la completaría, unida al ambiente de tensión que se vivía en el país a miles de kilómetros de distancia, dieron forma a la pieza, que se completó en la instalación donde las obras más que colgar, parecían escalar la pared. Esas referencias externas dejaron de ser tan directas en la aparición posterior de ese mismo formato, en 2002, en una serie que mostré en una exposición individual en el Jerwood Space de Londres. Unas quince pinturas de 3 metros de alto por 25 cm. de ancho, se apoyan en la pared quizá a modo de extraños objetos deportivos, una referencia posterior que sus colores y las aerodinámicas formas pintadas en ellas hicieron frecuente.

Muchos años después, o sea recientemente, he retomado la inclinación Oteriana en la serie “Exile Fleet”. La necesidad de esta nueva serie viene como una actualización material de la torpeza de las primeras obras largas unida a la historia familiar de relación con la industria, pues estas obras son trabajadas en metal y con pintura automotriz, muy cerca del lugar donde mi padre comenzó y acabó su vida laboral y acercando mi obra quizá al sueño moderno que él compartía, de testear la mezcla de arte e industria. El título de la serie, incluye la conciencia de que de ese medio centenar de pinturas son hechas por y para quienes viven en su mayoría fuera de Caracas, si bien su génesis se encuentra en esa ciudad. Como individuos exiliados, viajarán y cambiarán de contexto en la eterna espera de que su lugar natural mejore y las acepte. Sin querer ser nostálgicas ni patrioteras no evitan el hablar de la posibilidad de tener en Venezuela otro momento como el que marcó la vuelta de Alejandro Otero, un sueño que sigue estando allí a pesar de éste se viene rompiendo cada vez más dado el deterioro de la democracia.

Los “Coloritmos” de Otero, a diferencia de “Exile Fleet”, contienen casi todos una cuadrícula alongada y ligeramente angulada. Esa es la cuadrícula a la que se refiere Rosalind Krauss en su texto “The Grid”, escrito en el auge canónico de la posmodernidad y publicada inicialmente en la revista October. Para ella la cuadrícula moderna y su repetición fue paradójicamente liberadora y significó una ruptura con el pasado, pero su repetición posmoderna ya no trasciende y literalmente se vuelve una cárcel en la que se insertan los artistas, una cárcel en la que se aíslan voluntariamente pero desde la cual solamente pueden ver esa simple celda. Ella salva a unos pocos, por ejemplo a Agnes Martin, intentando contemporaneizar el aislamiento y la auto-referencia modernas. En mi caso, considero que podemos encontrar en la pintura de todos los tiempos repetición y cuadrícula, son herramientas inevitables como la memoria, de la que sólo a ratos podemos lograr zafarnos.

A partir de esa idea de bloqueo de la realidad, de la pintura formalmente enrejada como símbolo del aislamiento del pintor, quise trabajar una serie de obras en la exhibición Ornament and Barricade en la galería Alejandra von Hartz, en ella, a modo de pregunta, insinuaba que en el taller, en cada pintura, uno decide hasta qué punto abrir las compuertas y dejar pasar la actualidad o dejar simplemente fluir el pasado y los proyectos lentos propios de la pintura, que es lo que estaría dentro del taller y lo que si no se fuerza lo contrario, fluye despacio en el trabajo diario. Obviamente esto hace referencia a mi personal proceso, a mis tiempos, pero entiendo que ese esfuerzo por explicar o justificar la re-humanización de la abstracción es uno por el que prácticamente todos los pintores desde inicios del siglo XX han pasado o con el que han tenido que lidiar en algún momento.

Así, estas barricadas que muestro en Cali, hoy llamadas “Derechos”, vuelven a literalizar ese forcejeo entre la actualidad y el encierro del taller, pero a ello se ha añadido una tercera capa, pues de unos meses para acá, el mundo se ha poblado de barricadas, y las fronteras parecen multiplicarse en lugar de desaparecer. Esa es una referencia que no quería que estuviera allí de entrada pero que va a ser inevitable en la interpretación del trabajo, sólo quisiera que la barrera fuera más una metáfora del encierro en el taller y del esfuerzo que hay que hacer para evitar que la actualidad y la información omnipresente entre en la pintura, más que del encierro de continentes enteros cerrando los ojos ante el evidente resultado de años de políticas de cortas miras.

Jaime Gili
(bis) | oficina de proyectos, Cali, 2015


Jaime Gili

Nace en 1972 en Caracas, Venezuela. Vive y trabaja en Londres.

Jaime Gili es reconocido por una práctica pictórica que no se limita a los soportes de la pintura tradicional, y ocasionalmente se expande al ámbito de las intervenciones públicas. En sus pinturas, murales y obras de arte público, Jaime Gili parece tener una visión particular respecto al arte, la arquitectura y el diseño modernos de mediados del siglo XX, rescatando de allí algunos elementos que intentan superar la abundancia de malas interpretaciones posmodernas. Para ello, en ocasiones hace uso de la ficción, imaginando cruces y desarrollos de ideas que terminaron en callejones sin salida, como lo ha hecho recientemente con la obra de Armando Reverón, Carlos Scarpa, Gio Ponti o Max Bill. Su obra, si bien presenta con frecuencia una fuerza icónica reminiscente de la abstracción moderna, surge como ella de procesos tradicionales de la pintura y del taller, un laboratorio donde se plantea a diario el choque de las posibilidades desenfrenadas del espíritu moderno con la actualidad.

Entre sus exposiciones más recientes se cuentan Selección = Relación, Espacio Monitor, Caracas 2015; Dirty Geometry, Mana Contemporary, Jersey City 2015 y Mana Contemporary, Miami 2014; Arte Emergente en Venezuela, 2000-2012, Museo Francisco Narváez, Porlamar 2015 y Sala TAC, Caracas 2014; Impulse, Reason, Sense, Conflict. Abstract Art from the Ella Fontanals-Cisneros Collection, CIFO, Miami 2014; Ornament and Barricade (individual), Alejandra von Hartz, Miami 2014; Connecting Through Collecting: 20 Years of Art from Latin America at the University of Essex, University of Essex, Colchester 2014; Guarimba (individual), Kubik Gallery, Porto 2014; Minimal Baroque: Post-Minimalism and Contemporary Art, Rønnebæksholm, Næstved 2014; Droits de Succession (individual), Oficina #1, Caracas 2014.


Exposición: Derechos
Artista: Jaime Gili
Curador: Juan Sebastián Ramírez
Fechas: Septiembre 24 a octubre 24, 2015

Lugar: (bis) | oficina de proyectos
Dirección: Calle 23 Norte # 6AN-17, oficina 412
Ciudad: Cali, Colombia

Horario:
Lunes – martes / con cita previa
Miércoles – jueves – viernes / 3:00 PM a 7:00 PM
Sábado / con cita previa