Ana María Millán | Hielo negro

 


Almas perdidas

“¡El mundo es bello! Y eso es precisamente lo que es tan triste.”
Stanilslaw Jerzy Lec

El paisaje se oscurece, hay niebla, sólo queda en el ambiente el sonido del canto de algunos cuervos. Al fondo una tormenta o dos; las camisetas negras, los tenis negros, las bocas negras, las uñas negras, jeans negros, el hielo negro, otras texturas de negro; toda la ropa huele a muerte porque fue enterrada semanas antes y desenterrada el día del show. Hay tanto dramatismo, tanta teatralidad que es casi imposible no sentir que por dentro a uno lo quema la ternura. Porque cuando lo siniestro y oscuro se salen de su cauce se transforman en graciosos mensajeros de la inocencia.

Todo eso que parece tan macabro y tan sórdido recuerda también cierto temor primario infantil. El miedo al bosque y sus criaturas, el paisaje que ya no es ciudad, que no tiene límites y que por ende no es medible produce en nosotros, los seres de la urbe, un encanto adolescente. Vamos de vez en cuando con nuestras carpas y linternas y jugamos a sobrevivir en la noche, nos asustamos con los pequeños ruidos que ya no entendemos, con los insectos y las promesas de la vida salvaje. No estamos preparados para dicho paisaje, nuestro sistema de reconocimiento nos engaña, se nos ponen los pelos de punta, vivimos la aventura con la dicha de saber que en la casa nos esperan los grandes logros de la modernidad. Nos sentimos tan fuera de lugar que idealizamos casi todas las criaturas, también a las personas que viven ahí.

Somos almas perdidas entre la ciudad y la idea del bosque, porque el bosque no lo conocemos nunca en profundidad, sólo llegamos hasta sus primeros terrenos, todavía cercados, en donde podemos ver las luces de la ciudad. Ahí nos disfrazamos de otros seres, aparentamos ser animales míticos, o vampiros o lobos. Todas nuestras fantasías de poder dominar esos lugares se vuelven realidad prendiendo una máquina de humo, fingiendo la niebla. Esa es, en algunas ocasiones, nuestra idea del infierno.

Es por eso que Ana María Millán toma como recurso básico de su trabajo videos de black metal noruegos y escandinavos, exageraciones teatrales del misticismo humano, y de ellos extrae fragmentos en donde el paisaje está bien definido y los pasa a acuarelas y dibujos en crayón graso. No se fija tanto en la figura como en el fondo, en el escenario donde todo sucede, la escenografía que sostiene la acción. Nos pone a mirar el territorio, para que entendamos de qué manera lo reinterpretamos, cómo le tememos y cómo trasladamos a él las propiedades del miedo. Los clichés del miedo.

En los únicos momentos donde vemos figuras humanas que habitan estos paisajes es cuando ella, en el único video de la muestra, vuela a manera de “Superman indio” —qué inquietante aparición— y cuando vemos a unos blackeros caleños riéndose en el making of de su video en la mitad de un bosque que parece algo más caliente y húmedo que el resto. ¿De qué se ríen? No sé, el video está en silencio, pero ese pequeño gesto parece desbaratar el conjunto escenográfico; todo aquello que parecía tenebroso ahora se delata, se cae el velo de lo melancólico, se ven los sostenes del muro falso y lo macabro ahora se enternece. Ya no se ven tan aterradores ni tan oscuros, ni tan escandinavos, tampoco tan caleños, tal vez por el exceso de bisutería y cuero.

Bonito momento, las acuarelas ahora parecen hechas por la mano de una niña, los dibujos en forma de sudarios ahora son como bocetos para la pintura de una playa, sólo les falta el color. Y así pasa, que uno empieza a ver en círculos y ya no distingue, y todo de nuevo vuelve otra vez a la muerte y lo oscuro, a esos escandinavos y noruegos que quemaron iglesias y se suicidaron para la portada de su próximo disco; a la sangre, a los fluidos y los cuchillos. Como almas perdidas entre la ternura y la muerte, entre la inocencia y el terror.

Gabriel Mejía Abad


Ana María Millán

Nace en 1975 en Cali, Colombia. Vive y trabaja entre Bogotá y Berlín.

Su trabajo localiza una voz personal y escéptica en los espacios narrativos del video. Indaga en las diferentes formas de transmisión de información en relación a subculturas, ideas de violencia y discursos de exclusión. Habla desde la cultura amateur y los relatos locales, incorporando las posibilidades y errores propios del ensayo, así como formas narrativas consideradas disfuncionales.

Entre sus exposiciones se cuentan Mutis Mutare, El Matadero, Madrid 2015; Video Sector, Miami Art Basel, Miami 2014; Dinastía (individual), Instituto de Visión, Bogotá 2014; El ocioso imperfecto o cuando las cosas desaparecen, Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Cartagena de Indias, Cartagena 2014; Ir para volver, 12 Bienal de Cuenca, Cuenca 2014; Moby Dick y el Buque Gloria (individual), Lugar A Dudas, Cali 2013; El Dorado, A Gentil Carioca, Rio de Janeiro 2013 y TEOR/éTica, San José 2013; Six Lines of Flight: Shifting Geographies in Contemporary Art (con Helena Producciones), SFMOMA 2012; Desde el malestar: ¿Qué cosa es la verdad?, Museo La Tertulia, Cali 2012; Living as Form (con Helena Producciones), Creative Time, New York 2011; ¿Tierra de nadie?, Centro Cultural Montehermoso, Vitoria-Gasteiz 2011; AUTO-KINO! presented by Phil Collins, Temporäre Kunsthalle, Berlin 2009; Historias colaterales, Centro Cultural de España, Guatemala 2008; I Still Believe in Miracles – part I, Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris 2005.


Exposición: Hielo negro
Artista: Ana María Millán
Curador: Juan Sebastián Ramírez
Fechas: Marzo 25 a abril 25, 2015

Lugar: (bis) | oficina de proyectos
Dirección: Calle 23 Norte # 6AN-17, oficina 412
Ciudad: Cali, Colombia

Horario:
Lunes – martes / con cita previa
Miércoles – jueves – viernes / 3:00 PM a 7:00 PM
Sábado / con cita previa


* Todas las fotografías por Lina Rodríguez Vásquez.